Hace unos días leía un ensayo fascinante de David Bessis que me hizo reflexionar profundamente sobre algo que todos damos por hecho: la inteligencia. Bessis, matemático y autor de Mathematica: A Secret World of Intuition and Curiosity, plantea una tesis que desafía muchas de nuestras creencias más arraigadas sobre el origen de las diferencias cognitivas entre las personas.
Lo más interesante de su planteamiento no es tanto la conclusión -a la que llegaré- sino el camino que traza para llegar allí, un camino que mezcla matemáticas, neurociencia y una buena dosis de experiencia personal.
El misterio de la desigualdad cognitiva
Todos nosotros hemos experimentado esa sensación: hay personas que simplemente parecen “pensar más rápido” o entender cosas complejas con una facilidad que nos resulta casi mágica. En el mundo de las matemáticas académicas, donde Bessis desarrolló su carrera, esta desigualdad es especialmente evidente y brutal.
La pregunta que todos nos hemos hecho es la misma: ¿qué está pasando en el cerebro de esas personas extraordinariamente inteligentes que no pasa en el nuestro?
Las respuestas convencionales suelen caer en uno de dos extremos: o es genético (nacieron con mejor “hardware”) o es social/ambiental (mejor educación, más recursos). Pero Bessis argumenta que ambas explicaciones son insuficientes.
Las metáforas equivocadas
Una de las cosas que más me ha hecho pensar del ensayo es cómo critica las metáforas que usamos para entender el cerebro. Tendemos a pensar en él como un ordenador con un procesador más o menos rápido, con más o menos memoria RAM. Bessis explica por qué esta analogía es fundamentalmente equivocada desde una perspectiva bioquímica.
Desde un punto de vista genético, las diferencias entre humanos son variaciones minúsculas en las mismas proteínas, que mantienen las mismas estructuras y funciones. No es que algunas personas tengan un Snapdragon 8 y otras un NVIDIA H200 Tensor Core GPU. Es más bien que algunos tienen un Snapdragon 7 y otros un Snapdragon 8: la diferencia es noticeable, pero todos ejecutan las mismas aplicaciones.
Y sin embargo, la brecha cognitiva que observamos en matemáticas -dice Bessis- es tan absurda que “es como si algunas personas pudieran correr los 100 metros en menos de un segundo, mientras que la mayoría no lo lograrían en una semana”. Las diferencias genéticas simplemente no pueden explicar una desigualdad de esa magnitud.
Lo que Einstein realmente decía
Aquí es donde el ensayo se pone realmente interesante. Bessis recopila una serie de citas de figuras como Einstein, Newton, Feynman y Grothendieck que todas dicen más o menos lo mismo:
“No tengo ningún talento especial. Solo soy curiosamente apasionado.” — Albert Einstein
“Pero si he hecho algún servicio al público de esta manera, se debe únicamente a la industria y a un pensamiento paciente.” — Isaac Newton
“Yo era una persona ordinaria que estudiaba mucho. No hay personas milagrosas.” — Richard Feynman
Confieso que cuando era adolescente y leía estas declaraciones, me parecían absurdamente hipócritas. ¿Qué me estaba diciendo Einstein, de todas las personas, que no tenía talento especial? Es como escuchar a una supermodelo dándonos lecciones sobre la importancia de la belleza interior.
Pero Bessis argumenta que estas declaraciones no eran hipocresía, sino un intento honesto de comunicar algo para lo que simplemente no tenemos buen vocabulario.
Las seis conjeturas
El corazón del ensayo es una serie de seis “conjeturas” -hipótesis no probadas pero coherentes- que Bessis propone como alternativa a las explicaciones genéticas convencionales:
Conjetura 1: Las diferencias genéticas en estructura, volumen, velocidad y eficiencia del tejido neural no pueden explicar por sí solas la magnitud de la desigualdad cognitiva observada.
Conjetura 2: Las diferencias cognitivas entre individuos se explican principalmente por diferencias en sus conectomas sinápticos -la red específica de interconexiones neuronales.
Conjetura 3: Las personas tienen hábitos mentales y enfoques metacognitivos vastamente diferentes.
Conjetura 4: La mayoría de estas diferencias en hábitos mentales son adquiridas (no necesariamente a través de educación deliberada, sino como resultados del desarrollo).
Conjetura 5: Estas diferencias en hábitos mentales se acumulan con el tiempo, produciendo diferencias medibles en habilidad cognitiva.
Conjetura 6: La inhibición cognitiva -ese miedo visceral que sentimos ante la dificultad intelectual- es un mecanismo protector adaptativo contra aprender de imágenes mentales no fiables.
La conexión matemática
Lo que realmente me resuena de este ensayo es cómo describe la experiencia de “hacer matemáticas”. Bessis explica que cuando ve una matriz de Raven (uno de los tests de CI más comunes), no tiene que “pensar” mucho. Su cerebro ha desarrollado una percepción eidética de estructuras matemáticas -permutas, en este caso- que le permite percibir patrones que para otras personas requieren un esfuerzo consciente enorme.
Pero aclara algo importante: esta capacidad no era innata. Solo aprendió sobre permutas a los dieciocho años, y siguió desarrollando su intuición durante décadas.
La importancia de los estímulos secundarios
Aquí está, para mí, la idea más potente del ensayo: nuestro cerebro no solo aprende de los estímulos primarios que recibimos del mundo exterior, sino también de los estímulos secundarios -el flujo continuo de imágenes mentales que elaboramos constantemente.
Cuando soñamos, imaginamos cosas, experimentamos ese extraño fenómeno que llamamos “corriente de conciencia”, estamos reentrenando nuestros cerebros con nuestros propios estímulos sintéticos. Esto parece metabolicamente costoso y arriesgado -¿por qué evolucionamos para hacerlo?
La respuesta de Bessis es que estos estímulos secundarios son cruciales para el desarrollo cognitivo avanzado. Y aquí está la clave: algunas personas han descubierto formas excepcionalmente efectivas de generar estímulos secundarios de alta calidad, mientras que otras no.
El 20% lleno
Todo esto puede sonar deprimente. Si las diferencias cognitivas se cristalizan temprano en el desarrollo, y si tanto la lotería genética como la socioeconómica juegan un papel importante… ¿qué podemos hacer?
Bessis ofrece una perspectiva que encuentro útil: la inteligencia, como la riqueza, es el resultado continuo de un proceso de capitalización no determinista. El vaso 80% vacío es que la vida es injusta y no podemos reproducir el pasado. No hay personas milagrosas, pero hay trayectorias milagrosas.
Pero el vaso 20% lleno es que lo único que es verdaderamente nuestro -nuestra atención, el enfoque de nuestra curiosidad, cómo navegamos nuestra corriente de conciencia- puede importar mucho más de lo que jamás imaginamos.
Reflexión final
Lo que me gusta de este ensayo es que no promete falsas esperanzas ni ofrece recetas mágicas. Reconoce que las desigualdades cognitivas son reales y que hay factores que no podemos controlar. Pero al mismo tiempo, nos recuerda que tenemos más agencia de la que creemos.
Nuestra atención -cómo la enfocamos, qué practicamos con ella, qué estímulos secundarios generamos- es quizás el recurso más valioso que tenemos. Y eso, en un mundo lleno de distracciones, es algo que vale la pena recordar.
Este artículo está basado en el ensayo “Attention is all we have” de David Bessis, publicado en su newsletter de Substack. Si te ha interesado este tema, te recomiendo encarecidamente que leas el ensayo original, que profundiza mucho más en cada uno de estos puntos.







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